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Desde el jardín – La relación contigo mismo.

Es fácil sentir cómo te relacionas con otras personas socialmente, pero es más atípico comprobar primero cómo te relacionas contigo mismo. La manera en que te relacionas con los demás no deja de ser un reflejo de la relación interna que mantienes contigo mismo.

A veces pones la mirada en cómo las personas se relacionan contigo, partiendo desde la carencia, la queja o el no entender determinadas actitudes o conductas de la forma en que te tratan y la interpretación que tú haces de ese comportamiento.

La relación que verdaderamente puedes cuidar y trabajar es la que, en primer lugar, mantienes en tu interior contigo mismo. Una vez trabajada esta, es más sencillo entender el porqué de las demás.

Hay que tener un espacio propio para aclarar y simplificar tu mundo y la visión que tienes de ti mismo.

Aprende a relacionarte contigo mismo de otra forma:

  • Primero observa tu diálogo interno, lo que te dices y la forma en que lo haces. Date cuenta de como tu mente tiende a hacer juicios de valor constantemente.

  • Fijate si te exiges, si te tratas con mimo ante las dificultades o errores cometidos o si te enjuicias o castigas de manera frecuente.

  • Puedes hacerte una pregunta básica para estar en contacto contigo: ¿Qué necesito? ¿Qué me hace falta para sentirme mejor?

Saber lo que necesitas y atender las necesidades que tienes es síntoma de equilibrio psicológico, de autoestima y de estar en una relación sana contigo mismo.

Cuando eres pequeño son tus padres quienes atienden tus carencias o necesidades (si tienes sueño, quieres jugar, estar tranquilo o quieres un abrazo). Cuando te conviertes en adulto esas necesidades las identificas y las procuras satisfacer tu mismo, tu parte más adulta que cuida de tu parte más necesitada.

También puede ocurrir que estés más en contacto con lo qué necesitan los demás que con lo que tú necesitas, generándose así un desequilibrio.

Al pensar qué necesitas para sentirte mejor, más tranquilo, más feliz, te das cuenta de la manera en que te relacionas contigo mismo. Es algo que debes aprender a gestionar con suficiente madurez, viendo cuales son las necesidades fundamentales y cuales son meros deseos momentáneos o caprichos.

Cuida de ti, nadie mejor que tú sabe qué necesidades emocionales tienes y nadie mejor que tú para valorarlas y gestionarlas.

Tiéndete una mano, trátate con mimo, respeto, afecto y admiración, empieza a mirarte de otra manera. Solo desde el afecto hacia ti lograras superar lo que te genera desequilibrio emocional.

Tenerte en cuenta, valorarte y dedicarte tiempo son aspectos fundamentales que no puedes olvidar en tu día a día, porque tener una buena relación con uno mismo es fundamental para sentirse bien y crear vínculos sanos con los demás. ¡Empezar a creer en ti te ayudará a crecer!

Desde el jardín – Gestionar los deseos

¿Qué hay realmente detrás de lo qué deseas? Sólo cuando te das cuenta de lo que subyace tras tus deseos puedes transformarlos. ¿Buscas amor, paz, respeto, atención, aprobación o bien quieres huir de una situación que te sobrepasa?

Aunque la mente suele pedir cosas visibles y materiales, sus necesidades son más profundas y ninguna cosa superficial y efímera puede satisfacerlas. Ahí radica el origen de los deseos, por mucho que consigas aquello que tanto anhelas, luego surgirá el deseo de otra cosa y después otra, convirtiéndose en una lista interminable, te proporcionan una alegría efímera, no más felicidad. Por ejemplo, tener una casa más grande y lujosa, o querer comprar ropa y más ropa para verte mejor. La frustración nace de los deseos no satisfechos, da lugar a la ira, el deseo nunca se apaga, se multiplica.

Se trata de que esos deseos de logros personales, riqueza material, relaciones ideales, estatus, etc. no sean vinculantes, es decir, que si lo logras es magnífico, pero si no lo consigues tampoco tienes que frustrarte y hundirte, sintiendo que tu vida no tiene sentido. Esto no impide que te propongas metas y objetivos realistas en tu vida.

Es importante comprender que muchas veces la propia sociedad y el modo de vida que llevas te han hecho creer que necesitas más cosas de las que realmente son imprescindibles. La plenitud no es sólo cumplir tus deseos, sino entender realmente qué es lo que deseas y cómo lo puedes lograr de la forma más óptima y, sobre todo, que si eso no llega a tu vida tampoco pasa nada, hay que saber relativizar.

Cuanto más satisfecho y a gusto estás contigo mismo y con la vida, te das cuenta de que necesitas menos posesiones, valoras la simplicidad.

El Yoga te acerca al Ser sereno y armonioso que eres, ayudándote a lidiar con la permanente dualidad, lo que te atrae y lo que rechazas, que te desestabiliza, sintonizando con la profunda paz que mora en ti.

Desde el jardín – Recibir lo que la vida te da

Desde nuestra humanidad, la propia existencia es una incógnita, la vida en sí es incierta, la seguridad es una quimera, el destino se ríe de la probabilidad, el ser humano es frágil.

Aprovecha cada oportunidad para mejorar, ser auténtico, seguir tus valores y tus metas. Aprendiendo a convivir con la incertidumbre y a desarrollar el arte de la serena espera, la aceptación y la paciencia.

Despliega una mayor consciencia para vivir en plenitud de forma deliberada, sabiendo que es preciso un cambio para preservar el equilibrio, eligiendo la actitud, poniendo en cada acción lo mejor de ti mismo. Prueba a hacer más conscientes las cosas cotidianas, como caminar, limpiar, comer, disfrutar de quien está a tu lado, etc.

Se reflexivamente consciente de que vives. Vive la vida sin tener ninguna expectativa esencial acerca de nadie, acerca de nada. Esto es una gran libertad. Cuando no te proyectas en cómo deberían ser las cosas, sientes que casi nada te perturba y, cuando algo te aleja de tu centro natural de calma, vas adquiriendo la facilidad de volver a él con el mínimo esfuerzo. Puedes, por ejemplo, esperar que tu jefe sea más comprensivo, pero por su carácter o la educación recibida, no lo hace, eso sería generarte una falsa expectativa que no depende de ti. La vida no consiste solamente en conseguir lo que quieres, es una sucesión de experiencias, tanto agradables, como desagradables. Reconocer la realidad de que no todos los eventos tienen que ser de tu agrado, es un signo de madurez.

Dejas de vivir en la anticipación, encuentras tu ritmo, permitiendo que la vida se exprese en su dinamismo. Vivir es mucho más que no estar muerto, es nacer a cada instante, conociendo que la vida es efímera. Aprecia el milagro de vivir con pasión enamorada. Haz las paces con el pasado, aprende a fluir, encuentra motivos para el agradecimiento, para confiar, desde tu propia serenidad interior, en un futuro todavía intacto, sintiendo que la existencia se expresa en ti.

Recuerda que la gratitud es riqueza, te hace conectar con tu plenitud interior, y la queja es pobreza. Acepta la vida tal y como viene, con o sin las cosas que tu mente demanda de ella.

Prueba a profundizar más allá del discurso de tu mente sobre todo esto, adéntrate en tu jardín interior, ese espacio donde te vives como plenitud, ese lugar donde no eres carente de nada.

Desde el jardín – Cómo te relacionas con tu mente.

Si dedicas unos instantes a analizarlo, veras que puedes relacionarte con tu mente de tres formas diferentes:

  1. Tu mente es un problema.
  2. Tu mente es un instrumento.
  3. Eres independiente de la mente y de cualquier cosa que ocurra en ella.

Hay que realizar un viaje de la primera a la tercera.

Cuando la mente es débil, la situación se vuelve un problema. Cuando la mente está equilibrada, la situación es un desafío. Cuando la mente es fuerte, la situación se vuelve oportunidad.

La mente es el medio para entender y afrontar el mundo, es importante tener una mente preparada, fuerte, equilibrada para afrontar las diferentes situaciones que encontramos en el día a día. Tenemos muchos mecanismos, comportamientos y reacciones adquiridos por el ambiente en el que nos hemos criado y por la educación recibida.

Muchas veces la mente es totalmente mecánica, va por su cuenta, es reactiva, entonces te hace totalmente impotente y  la ves como un problema. Con los modos mecánicos de pensar, las actividades de la vida también se vuelven mecánicas. Si surge algún contratiempo aparece la ira, la frustración, tendiendo muchas veces a culpabilizar de lo que sucede a los demás o a la situación. Es una mente que tiende a agrandar lo que «interpreta que sucede». Por ejemplo, tienes un malentendido con un vecino y tu mente ya empieza a darle vueltas y más vueltas: «fíjate, me ha dicho esto y lo otro, cuando lo vea me va a oír…», haciendo una bola cada vez más grande, generando una tensión y ansiedad que son inútiles e innecesarias. La agitación parece ser la naturaleza misma de la mente. La mente es turbulenta y sigue sus modos de ser y yo no tengo ningún control sobre ella.

Si ya hay cierto entrenamiento, vas aprendiendo a utilizar tu mente como un instrumento que debes manejar para no caer en esa mecanicidad inconsciente. Tu mente va adquiriendo una progresiva madurez y entrenamiento para desidentificarte de lo que en ella sucede. Las acciones serán más conscientes y menos reactivas. Dispondrá de mayor lucidez para detener los pensamientos negativos e ir construyendo una mente más positiva y proactiva.

Cuando ya entiendes y experimentas que tu naturaleza, y la de tu mente, es el silencio, has dado el «gran paso», ya sabes que no eres tu mente, ni tampoco su contenido. Esto no quiere decir que la mente se acalle por completo, los procesos mentales siguen estando ahí, pero ahora sabes que los puedes observar sin que te afecten. Esto tiene que servir para tu día a día, anticipándote a las reacciones inconscientes de la mente y, cuando se produzcan reacciones así ¡que las habrá porque eres humano! podrás o bien darles rienda suelta porque así lo quieres o saber darles espacio para poder gestionarlas.

Es decisión tuya implicarte en este maravilloso proyecto, el yoga, la meditación, la acción consciente, son muy buenas herramientas a tu disposición para llevarlo a cabo, eso si, necesitas una buena dosis de compromiso contigo mismo y también de disciplina ya que hay hábitos mentales muy muy arraigados.